Editorial

La seguridad alimentaria: un prisma de estrategias

Aarón Irízar López

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, la seguridad alimentaria ocurre cuando todas las personas tienen acceso físico, social y económico permanente a alimentos seguros, nutritivos y en cantidad suficiente para satisfacer sus requerimientos nutricionales y preferencias alimentarias.

Lograr esta meta es complejo, en México depende de muchos factores como es modernizar equitativamente las 27.5 millones de hectáreas de superficie agrícola, de las cuales el 20.3 por ciento es de riego y el 79.7 por ciento de temporal; ahora bien, de cada diez unidades de producción de riego, siete tienen una superficie entre 0.2 y 5 has frente al 31 por ciento comercial mayor a 5 has, esto explica en parte por qué la agricultura como componente estratégico del Producto Interno Bruto persiste en un tradicional 3 por ciento (en los EE. UU. ronda el 6%) frente al turismo mexicano que alcanza el 8.7 por ciento.

Sin duda, hay avances importantes, nadie podría regatear el prestigio alcanzado en el ramo agrícola a más de dos décadas de vigencia del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), periodo en el cual nuestras exportaciones a los EE. UU. ha crecido 635 por ciento, como bien acotó el titular de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (SAGARPA) en el marco de la Feria México Alimentaria 2016.

Sin embargo, seguimos teniendo tasas de importación muy altas en granos básicos como el maíz y trigo (ambos esenciales para el consumo humano y pecuario) tan solo en el primer semestre de 2016 se importaron 6 millones y medio de toneladas de maíz blanco y amarillo frente a las 201 mil toneladas exportadas; no en vano somos el tercer mercado de exportaciones de alimentos y productos del campo de los Estados Unidos de América, lo cual les representa ingresos que rebasan los 39 billones de dólares, algo así como el 13 por ciento de todas sus exportaciones en el ramo.

Coincido, en México los desafíos los convertimos en oportunidades. Lo primero es reconocer los puntos vulnerables como el ritmo de nuestras importaciones de maíz amarillo que sigue igual, el último reporte de mercados mundiales de granos (diciembre, 2016) señala que México y Corea del Sur son dos de los principales mercados de exportación de los norteamericanos, solo después de China (que lo usa indistintamente como fuente de proteína y energía), Vietnam y Tailandia.

¿Por qué en un grano básico como el maíz amarillo no somos autosuficientes? ¿Por qué para el periodo 2016/2017 los EE.UU. sí podrán tener una producción que supera los 386 millones de toneladas/m., Brasil 86.5, Argentina 36.5 y México solo 24.5?

Tal vez sea tiempo de cambiar el paradigma de los apoyos al campo enfocados únicamente en índices de pobreza y no de competitividad, por ejemplo, los 7 mil 876 pequeños productores beneficiados en 2015 por el componente Productividad Agroalimentaria, todos de municipios de media, alta y muy alta marginación; o el caso del Programa de Incentivos para Productores de Maíz y Frijol (PIMAF) destinado a las unidades “Familiar de Subsistencia” cuyo presupuesto alcanzó los 6 mil 700 millones de pesos.

Es tiempo de implementar una estrategia de soberanía alimentaria basada en la competitividad y no solo en la subsistencia, es tiempo de superar los rendimientos por hectárea; ciertamente, al inicio de la presente administración la producción agrícola (granos, oleaginosas y otros productos) era de 178 mil 226 toneladas para alcanzar este año una cifra que rebasa las 200 mil toneladas, pero no es suficiente.

Se ha preguntado ¿Qué pasaría si en la probable revisión del TLCAN que advirtió el presidente electo de los EE. UU. opta por eliminar los beneficios arancelarios en el rubro de granos básicos? ¿Los importaremos de Brasil, Argentina, Rusia o China?

El contexto es complejo, la disponibilidad de granos y oleaginosas también depende de aspectos como la creciente demanda de biocombustibles o la participación de commodities agrícolas en el mundo bursátil y la exponencial demanda de comida hacia el 2050 en un mundo francamente urbano.
Hoy Sinaloa produce el 35 por ciento de los alimentos del país, sin embargo, es urgente multiplicar su ejemplo, digamos sí a la reforma del campo para transformar su rentabilidad y lograr una verdadera soberanía alimentaria.

*Senador de la República por el Estado de Sinaloa
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